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LEYENDAS DEL SUR DE CHILE
 
LEYENDAS DEL SUR DE CHILE

Chiloé, archipiélago conquistado en 1567, es uno de los lugares más ricos en lo que a leyendas y mitos se refiere. Es un lugar lleno de encanto y magia que reflejan las costumbres que han marcado a esta zona de Chile. Pero la Isla Grande no es el único lugar del sur donde se originan mitos. Poblados, ciudades, cordillera y mar son fecundos de imaginación. Reflejando una vez más la personalidad de nuestra gente.

El Trauco

El TraucoSe cuenta que el Trauco es un hombrecito que mide alrededor de 80 centímetros, tiene un rostro varonil y feo, sin embargo posee una mirada muy dulce y sensual. No tiene pies, sus piernas terminan en simples muñones. Dicen que viste traje y sombrero de Quilineja, planta trepadora también conocida como coralito, usada para hacer canastos o escobas. En su mano derecha lleva un hacha de piedra, que remplaza por un bastón, llamado Pahueldún, cuando se encuentra frente a una muchacha soltera que ha ingresado al bosque.

Los que han visto al Trauco dicen que se cuelga de la rama de un Tique, árbol de gran altura, también conocido como Olivillo. Desde aquí espera a sus víctimas. Suele habitar cerca de las casas de los chilotes para así poder vigilar a las doncellas que le interesan. Se mete a las casas, cocinas y a todos los lugares imaginables sólo para ubicar a una nueva "conquista". Los habitantes de Chiloé, conociendo las mañas de este pequeño individuo, tratan de no descuidar a sus hijas. Para esto toman precauciones tales como evitar que vayan solas a buscar leña o a arriar los animales. Son en esas oportunidades donde el Trauco aprovecha de utilizar su magia. A pesar de su afán por perseguir doncellas, el Trauco jamás actúa frente a testigos, es decir, nunca atacará a una muchacha si esta va acompañada de alguien. Cuando divisa a una niña desciende rápidamente del árbol. Luego da tres hachazos al Tique, con los que parece derribarlos todos. La muchacha luego de recuperarse del susto, se encuentra con el Trauco a su lado, quien sopla suavemente su bastón. La niña sin poder resistir el encanto del trauco cae en un profundo sueño de amor.

La muchacha, al despertar del embrujo, regresa a su casa sin saber claramente lo sucedido. Nueve meses después, tras haber experimentado cambios en su cuerpo por la poseción del Trauco, nace el hijo de este misterioso ser.

Créditos segunda imágen: Edgardo Contreras de la Cruz

El Caleuche
 
Carlos Ducci Claro (adaptación)

CaleucheNo era un pueblo, no podía serlo, se trataba sólo de un pequeño número de casas agrupadas a la orilla del mar, como si quisieran protegerse del clima tormentoso, de la lluvia constante, de las acechanzas que pudieran venir de la tierra o del mar. En la pieza grande de la casa de don Pedro se habían reunido casi todos lo hombres del caserío.

El tema de su charla era la próxima faena. Saldrían a pescar de anochecida y sería una tarea larga y de riesgo; pensaban llegar lejos, quizá hasta la isla Chulin, en busca de jurel, róbalo y corvina. Deseaban salir porque la pesca sería buena. Durante la noche anterior estaban seguros de haber visto a la bella Pincoya que, saliendo de las aguas con su maravilloso traje de algas, había bailado frenéticamente en la playa mirando hacia el mar. Todo esto presagiaba una pesca abundante y los hombres estaban contentos. No todos saldrían, porque, como siempre, don Segundo, el hombre mayor, se quedaría en tierra. Uno de los jóvenes le preguntó: "Usted, don Segundo, ¿por qué no se embarca?. Usted conoce más que cualquiera las variaciones del tiempo, el ritmo de las mareas, los cambios del viento y, sin embargo, permanece siempre en tierra sin adentrarse en el mar". Se hizo un silencio, todos miraron al joven, extrañados de su insolencia, y el mismo joven abismado de su osadía, inclinó silencioso la cabeza sin explicarse por qué se había atrevido a preguntar. Don Segundo, sin embargo, parecía perdido en un ensueño y contestó automáticamente: "Porque yo he visto el Caleuche". Dicho esto pareció salir de su ensueño y, ante la mirada interrogante de todos exclamó: "Algún día les contestaré". Meses después estaban todos reunido en la misma pieza. Era de noche, y nadie había podido salir a pescar, llovía en forma feroz, como si toda el agua del mundo cayera sobre aquella casa, el viento huracanado parecía arrancar las tejuelas del techo y las paredes y el mar no eran un ruido lejano y armonioso, sino un bramido sordo y amenazador. Don Segundo habló de improviso y dijo: "Ahora les contaré...". Su relato contenido durante muchos años cobró una realidad mágica para los que le escuchaban curiosos y atemorizados. Hace mucho tiempo había salido navegando desde Ancud con el propósito de llegar hasta Quellón. No se trataba de una embarcación pequeña, sino de una lancha grande de alto bordo y sin embargo fácil de conducir, con dos velas que permitían aprovechar al máximo un viento favorable. Era una lancha buena para el mar y que había desafiado con éxito muchas tempestades. La tripulaban cinco hombres, además de don Segundo, y el capitán era un chilote recio, bajo y musculoso, que conocía todas las islas y canales del archipiélago, y de quien se decía que había navegado hasta los estrechos del sur y había cruzado el Paso del Indio y el Canal Messier. La segunda noche de navegación se desató la tempestad. "Peor que la de ahora", dijo don Segundo. Era una noche negra en que el cielo y el mar se confundían, en que el viento huracanado levantaba el mar y en que los marineros aterrorizados usaban los remos para tratar de dirigir la lancha y embestir de frente a las olas enfurecidas. Habían perdido la noción del tiempo y empapados y rendidos encomendaban su alma, seguros de morir. No obstante, la tormenta pareció calmarse y divisaron a lo lejos una luz que avanzaba sobre las aguas. Fue acercándose y la luz se transformó en un barco, un hermoso y gran velero, curiosamente iluminado, del que salían cantos y voces. Irradiaba una extraña luminosidad en medio de la noche, lo que permitía que se destacaran su casco y velas oscuras. Si no fuera su velamen, si no fuera por los cantos, habríase dicho un inmenso monstruo marino. Al verlo acercarse los marinos gritaron alborozados, pues, no obstante lo irreal de su presencia, parecía un refugio tangible frente a la cierta y constante amenaza del mar.

El capitán no participó de esa alegría. Lo vieron santiaguarse y mortalmente pálido exclamó: "¡¡No es la salvación, es el Caleuche!!. Nuestros huesos, como los de todos los que lo han visto, estarán esta noche en el fondo del mar". El Caleuche ya estaba casi encima de la lancha cuando repentinamente desapareció. Se fue la luz y volvió la densa sombra en que se confundían el cielo y el agua. Al mismo tiempo, volvió la tempestad, tal vez con más fuerza, y la fatiga de los hombre les impidió dirigir la lancha en el embravecido mar, hasta que una ola gigantesca la volcó. Algo debió golpearlo, porque su último recuerdo fue la gran ola negra en la oscuridad de la noche. Despertó arrojado en una playa en que gentes bondadosas y extrañas trataban de reanimarlo. Dijo que había naufragado y contó todo respecto del viaje y la tempestad, menos las circunstancias del naufragio y la visión del Caleuche. De sus compañeros no se supo más, y esta es la primera vez en que la totalidad de la historia salía de sus labios. "Por eso que no salgo a navegar. El Caleuche no perdonará haber perdido su presa, que exista un hombre vivo que lo haya visto. Si me interno en el mar, veré aparecer un hermoso y oscuro velero iluminado del que saldrán alegres voces, pero que me hará morir". Todos quedaron silenciosos y pareció que entre el ruido de la lluvia y el viento se escuchaba más intenso el bramido de las olas. No obstante la creencia de don Segundo de que la visión del Caleuche significa una muerte segura, hay personas en la Isla Grande que afirman que han visto o conocido a alguien que vio el Caleuche. Tal vez lo hicieron desde la costa y no navegando. En todo caso, los que navegan entre las islas del archipiélago durante la noche lo hacen con un profundo temor de divisar el hermoso y negro barco iluminado. Este puede aparecer en cualquier momento, pues navega en la superficie o bajo el agua, de él surgen música y canciones. Entonces la muerte estará cerca y el naufragio será inevitable. Los que no perezcan pasarán a formar parte de la tripulación del barco fantasma, del Caleuche. Créditos segunda imagen: Edgardo Contreras de la Cruz

El Pillán

Leyenda mapuche narrada por Eduardo Ide. (Adaptación)

Crédito foto: angelfire.com/

AntucoCuando aún no habían llegado hasta estas tierras los hombre blancos, vivían en la región del Lago Llanquihue varias tribus de indígenas que se dedicaban más a la embriaguez que al trabajo. Un genio maléfico, el Pillán, había repartido sus secuaces entre esos indígenas para hacerles toda clase de males. En las noches esas comarcas presentaban un aspecto pavoroso: grandes llamaradas que salían de los cráteres iluminaban el cielo con fulgores de fuego. Las montañas vecinas parecía que ardían y las inmensas quebradas que circundaban el Osorno y el Calbuco aparecían como bocas del mismo infierno. Cuando los pobre indios, inspirados por los buenos genios dedicaban al trabajo y labraban la tierra, el gran Pillán hacía estallar los volcanes y temblar la tierra. El Pillán odiaba el trabajo y la virtud y por esto se enfurecía cuando los indios abandonaban los vicios. Se decía que para vencer al Pillán había que arrojar al cráter del Osorno una hoja de canelo y que entonces empezaría a caer del cielo tanta nieve que concluiría por cerrar el cráter, dejando prisionero al Pillán. Pero los indios no podían llegar al cráter, porque se lo impedían las inmensas quebradas que rodean los volcanes. Un día en que los desesperados indios estaban celebrando un gran machitún, apareció entre ellos un indio viejo, que nadie supo quién era y que pidiendo permiso para hablar dijo: Para llegar al cráter es necesario que sacrifiquéis a la virgen más hermosa de la tribu. Debéis arrancarle el corazón y colocarlo en la punta del Pichi Juan, tapado con una rama de canelo. Veréis entonces que vendrá un pájaro del cielo, se comerá el corazón y después llevará la rama de canelo y elevando el vuelo la dejará caer en el cráter del Osorno. Una asamblea compuesta de los indios más viejos de la tribu resolvió que la más virtuosa de las vírgenes era Licarayén, la hija menor del cacique, hermosa joven que unía a una belleza extraordinaria un alma más blanca que los pétalos de la flor de la quilineja. Temblando llevó el mismo cacique la noticia del próximo sacrificio a su hija. No llores -le respondió ella- muero contenta, sabiendo que mi muerte aliviará las amarguras y dolores de nuestra valerosa tribu. Sólo pido un favor: que para matarme no usen vuestras hachas ni lanzas. Quiero que me maten con perfumes de las flores que han sido el único encanto de mi vida, y que sea el toqui Quiltrapique quien me arranque el corazón. Y así se hizo. Al día siguiente, cuando el sol empezaba a aparecer, un gran cortejo acompañó a Licarayén al fondo de una quebrada, donde el toqui tenía preparado un lecho con las más perfumadas flores que había encontrado en los prados y bosques. Llegó Licarayén y sin queja ni protesta alguna se tendió sobre aquel lecho de olores que había de transportar su alma a la eternidad. Cuando la tarde tendió su manto gris sobre la llanura y enmudeció el último pajarillo, la virgen exhaló el postrer suspiro. Se adelantó el toqui y más pálido que la misma muerte se arrodilló a su lado y con mano temblorosa rasgó el núbil pecho de la virgen, arrancó el corazón, y siempre silencioso, con paso vacilante, fue a depositarlo en manos de cacique. Volvió después el toqui adonde se encontraba la virgen y sin proferir una queja se atravesó el pecho con su lanza. El más fornido de los mancebos fue encargado de llevar el corazón y la rama de canelo a la cima del cerro Pichi Juan, que eleva su cono agudo donde termina el llano. Y he aquí que apenas el mancebo había colocado el corazón y la rama de canelo en la roca más alta del Pichi Juan, apareció en el cielo un enorme cóndor, que bajando en raudo vuelo, de un bocado se engulló el corazón y arrancando la rama de canelo emprendió el vuelo hacia el cráter del Osorno, que en esos momentos arrojaba enormes haces de fuego. Dio el cóndor, en vuelo espiral, tres vueltas por la cumbre del volcán y después de una súbita bajada, dejó caer dentro del cráter la rama sagrada. En el mismo momento aparecieron en el cielo negras nubes y empezó a caer sobre los volcanes una lluvia de plumillas de nieves que a los rojos fulgores de las llamas del cráter parecía lluvia de oro. Y llovió nieve; días, semanas, años enteros. Así se formaron los lagos Llanquihue, Todos los Santos y Chapo. Por más esfuerzos que hizo el Pillán, no pudo librarse de quedar prisionero dentro del Osorno, de donde ahora no puede salir para volver a sus malandanzas; pero no por eso deja de estar trabajando por recobrar su libertad, el día en que los habitantes del lago abandonen sus virtudes para entregarse a los vicios. Ese día, la nieve que mantiene prisionero al Pillán se derretirá y temblará la tierra, y el fuego y la ceniza destruirán todo el trabajo de los hombres.

Créditos segunda imágen: Edgardo Contreras de la Cruz

 

 La Pincoya

PincoyaAl regresar la Huenchula, a casa de sus padres, en donde dejara bajo sus cuidados a su tierna hija, durmiendo en una lapa; comprobó que debido a la curiosidad de sus mayores, la niña se había transformado en agua cristalina. Invadida por el llanto y la desesperación, cogió la vasija y corrió desesperada hacia la playa, a vaciar suavemente su contenido en las aguas del mar. Y avanzando hacia el interior, se perdió en las profundidades del océano, en busca de su esposo el Millalobo.

Entre sollozos y llantos, le relató lo acontecido. Apenas hubo de terminado de pronunciar la última frase de su historia, vio acercarse hacia ella, una delicada barca semejante a una lapa, llevando en su interior a su desaparecida hija; convertida ahora, en una hermosa joven, a quien dio el nombre de Pincoya.

Las múltiples variedades de peces y mariscos, que el Millalobo, ofrece generoso al pueblo chilote, las siembras, en mares y playas, por intermedio de las maravillosas y fecundas manos de su hija predilecta, la Pincoya. Adolescente muy hermosa, de larga cabellera dorada, de encanto y dulzura incomparables. Sale desde las profundidades del mar, semi vestida con un traje de algas, a danzar a las playas. Cuando realiza su delicado baile mirando hacia el mar, significa que en esas playas y mares abundarán los peces y mariscos; en cambio si lo hace con el rostro vuelto hacia la tierra, indica a los pobladores que para la temporada venidera, los mencionados productos escasearán y por tal motivo, será menester salir en su búsqueda a playas y mares lejanos. No obstante, cuando la escasez, en ciertas regiones se prolonga por largo tiempo, por ausencia de la Pincoya, es posible hacerla volver, y con ella, la abundancia, por intermedio de una ceremonia especial. Cuando los chilotes, eternos vagabundos del mar, naufragan, siempre encuentran junto a ellos a la candorosa Pincoya, que acude pronto a su auxilio. Si por razones superiores, no logra su propósito de salvarlos, ayudada por sus hermanos La Sirena y el Pincoy, transporta con ternura los cuerpos de los chilotes muertos hasta el Caleuche, en donde ellos revivirán como tripulantes del barco fantasma y a una nueva existencia de eterna felicidad. Seguramente, por esta razón, los chilotes jamás temen al mar embravecido, a pesar que la mayoría de ellos no sabe nadar. El espíritu de la Pincoya, creado por su imaginación, al velar siempre por ellos, les infunde plena confianza, durante sus arriesgadas faenas por los océanos del mundo. (Publicación del Dr. Bernardo Quintana Mansilla, “Chiloé Mitológico”). Créditos segunda imágen:Edgardo Contreras de la Cruz

 La Viuda

Los jinetes solitarios y su cabalgadura, siempre abrigan el temor de un encuentro, en algún recodo del camino, con la fatídica Viuda. En la obscuridad de la noche, de pronto el caballo se encabrita y se niega a seguir su camino. Sólo continúa adelante, aguijoneado por las filudas espuelas y rebencazos de su amo; más, a poco de andar, el caballo lanza fuertes relinchos y se desboca en alborotada carrera; guiado ahora, no por las riendas que mantiene en las manos su jinete, sino por la magia de la Viuda, que se encaramó a sus ancas. Ya no se detendrá, ni siquiera frente al próximo barranco, en donde se precipita, empujado, con fuerza titánica, por la Viuda: jinete y caballo encontrarán la muerte en el fondo de la quebrada. Cuando los viajeros nocturnos escasean, por los caminos, la Viuda se acerca a los poblados en busca de algún peatón transnochador y en estas ocasiones se deja ver en alguna ventana iluminada. Los moradores son invadidos de intenso temor y confusión, al observar su horrible cara, de palidez cadavérica, con grandes ojos brillantes y movedizos, y su cabellera tiesa amarrada con un velo negro que cae hasta barrer el suelo, junto a su largo vestido. Los varones más valientes, salen presurosos a perseguirla; la ven deslizarse sobre el suelo, con la velocidad del viento y es imposible alcanzarla, si ella así no lo permite; en los despoblados tras algunos matorrales, se detiene junto a uno de sus perseguidores, para disfrutar con él las delicias del amor.... El infortunado o afortunado, regresa a su casa aturdido, como ebrio, arañado en el rostro y en las manos, con sus ropas parcialmente descosidas y desabrochadas. En estos últimos tiempos y marchando con los avances de la ciencia y de la técnica, se dice que la viuda también se encarama a los automóviles, de volantes solitarios, especialmente si llevan algunos grados de alcohol en la sangre.

La Viuda, traduce el temor a la obscuridad de la noche y en este sentido sería semejante a Liliht de los babilonios o a Súculo de la mitología europea. Constituye además la explicación, de aquellos lamentables accidentes, aparentemente incomprensibles y que suelen ocurrir, en general, como consecuencia de una borrachera. Tratándose de lesiones menos graves, como los rasguños en cara y manos; sirve la Viuda de satisfactoria disculpa, ente las señoras desconfiadas y celosas. (Publicación del Dr. Bernardo Quintana Mansilla, “Chiloé Mitológico”).

En Invincunche
  Invu
 

INVUNCHEInvunche

Créditos: Galería fotográfica Chile Mitológico

La palabra Invunche, proviene del Veliche, idioma de los primitivos habitantes de Chiloé: de Ivun=pequeño ser y che=hombre, es decir, hombre pequeño.

Para obtener un Invunche, los brujos roban a sus padres, el hijo primogénito, antes de cumplir los nueve días de su nacimiento. Llevan al niño a una de las dependencias de la Cueva; si es bautizado, le raspan el bautismo, en seguida le quiebran la pierna derecha y la tuercen, hasta conseguir sacársela por la espalda. Cumplidos los tres meses de edad, le partes la lengua en dos y diariamente le friccionan la piel, con una concentrada infusión de hojas de “Huiripinda” y “Picochihuin”. Durante los primeros meses lo alimentan con leche de gata negra, después con carne humana, obtenida de los cementerios. Con este tratamiento, logran hacer perder el aspecto humano y transformarlo en un horrible monstruo carnívoro o mejor antropófago. su cuerpo, a causa de las mencionadas fricciones se cubre de largas y tiesas cerdas, excepto la panza colgante y lampiña. sus tres miembros, transformados ahora en toscas patas, le permiten, con gran dificultad andar solo algunos pasos. su pierna derecha, atrófica, flacuchenta y peluda se eleva temblorosa por el dorso, simulando una asquerosa antena. El aspecto de su cara velluda, es horrendo y su jeta babeante, sólo puede emitir un balido semejante al de un chivo. Este balido, adquiere caracteres lastimeros, cuando el monstruo tiene hambre; en esta forma recuerda a los brujos, que no le han proporcionado su ración de cadáveres o que no ha logrado atrapar a algún intruso, en las cercanías de su morada.

 

Conserva de humano, sólo cierta comprensión necesaria para reconocer a los brujos. su papel consiste en cuidad la entrada de la Cueva donde la brujería desarrolla sus actividades. Es el guardián del templo, que dará entrada únicamente, a aquellos que cumplan con el santo y seña en un árbol cercano y determinado, y finalmente le hagan una gran reverencia, etc.

Terminada su misión, cierra la entrada de la cueva con una gran piedra y se dedica a su único deleite, comer carne humana.

En ocasiones los brujos, equivocadamente roban al hijo primogénito en el hogar de un brujo, en tal caso, lo devuelven a su hogar; pero ya no pueden reparar las deformaciones de su pierna fracturada y así el infeliz muchacho y más tarde hombre, deberá caminar, por el resto de su vida, igual que un animal de tres patas. En contadas ocasiones, se logra cierta mejoría, friccionándolo con sebo de perro negro.

Afirman algunos habitantes del pintoresco pueblo de Chonchi; que el modesto poblador de esa localidad, apodado Juan del Sol, fue raptado cuando niño por los brujos, para transformarlo en Invunche. solamente alcanzaron a quebrarle y torcerle la pierna derecha; al informarse, que se trataba del hijo de un brujo, lo restituyeron de inmediato a su hogar, aunque con las deformaciones que aún hoy conserva.

El Invunche o Machuco de la Cueva, nombre con el cual también se le conoce, es de corta vida, envejeciendo prematuramente. cuando llega a esta edad, los brujos lo sacrifican implacablemente, charquean su carne, como la de un animal cualquiera y la reparten entre los machis favoritos. con este “charqui”, ellos preparan una famosa panacea envidiada por todos los médicos del mundo y de acuerdo al siguiente procedimiento: se toma un trozo del charqui, se tuesta en una “callana”, hasta quemarlo; una vez carbonizado se reduce a polvo fino en un mortero de tique, se ciernes las cenizas en un cedazo hecho de pelos de “niño moro” y finalmente se hierve en agua del “Thraiguien”, durante una “risa de tiuque”. Los afortunados enfermos, que toman una dosis de este maravilloso medicamente, se curan de todos sus males y sólo morirán de viejos.

La grasa del Invunche, constituye otro elemento muy cotizado por los machis, con ella preparan ungüentos, que hacen desaparecer el reumatismo y calman todo tipo de dolores, siendo de gran utilidad, durante las maniobras para componer huesos rotos. algunos machis muy destacados en su profesión, fabrican además, con la mencionada grasa, una crema muy fina aromatizada con extractos de alcohol de papa, de hierbas especiales; esta crema tiene la mágina virtud de embellecer y especialmente rejuvenecer el rostro y en general, todo el cutis femenino.

El Invunche, celoso guardián de la entrada de la cueva de los brujos, puede representar ese elemento humano intelectualmente inferior, pero que en su servidumbre, favorece el desarrollo de las actividades de los grupos de hombres superiores.

Su cuerpo deformado por los brujos, puede señalarnos, el intento de explicar aquellas deformidades físicas, que se observan con relativa frecuencia, en individuos que a su vez se les atribuye poderes mágicos.

La reverencia, como acto previo a la entrada a la cueva, nos enseña quizás la humildad que siempre debe tener el individuo, hacia todos sus semejantes, aún sabiendose superior a todos ellos. Créditos:chiloemitologico.cl

 La Fiura
FiuraPequeño monstruo, en forma de mujer; el mito la muestra habitualmente, danzando sobre la débil alfombra, de un balanceante “hualve”, sin temor a que, en cualquier instante se rompa y la trague el pantano. Detiene su baile, para contemplar su horrible rostro, en el espejo de un charco y peinar su larga cabellera con un reluciente peine de plata. Contonea, coqueta, su exuberante busto y corre ágil, haciendo flamear su breve pollera roja, entre los troncos quemados de los roces, mimetizando sus miembros, con los semicarbonizados ganchos de los árboles. Se escabulle entre los matorrales, en busca del fruto de las espinosas “chauras”, que come con glotonería. El más leve ruido la asusta, adoptándo de súbito, caprichosas y convulsionantes posturas; hace muecas horrendas con feísimo rostro y con sus ojos chispeantes, casi ocultos por una descomunal nariz; alarga sus brazos en todas direcciones y mueve nerviosamente los dedos deformes de una enorme mano, en demanda de una víctima, para “tirarle un mal aire”. La Fiura, hija única de la Condená, es la mujer del viríl Trauco, más esto no le impide ofrecer su amor a todos los hombres, a quienes impone, como severa condición, aceptarla con los ojos cerrados. No admite mirada alguna, ni siquiera la de los animales, sin aplicar al instante su castigo: El osado que se atrevió a mirarla, quedará torcido en algún lugar de su cuerpo. Si quien la mira es un niño o un animal, le deforma generalmente las extremidades, haciéndoles imposible la marcha, los tulle. Luchar contra ella, es tarea imposible; posee una fuerza y destreza tal, que cuantos hombres quieran pueden pelear con ella, pero los deja a todos maltrechos y contusos, cuando no quedan “teldelde” (trémulos). En cambio a ella, no se logra asestarle un solo golpe: “es como pegarle a la sombra” . Las deformaciones causadas por la Fiura, son prácticamente incurables; en casos afortunados, se consigue alivio, utilizando el siguiente tratamiento: al amanecer se corta una rama de la enredadera llamada “pahueldún”, una vez transportada junto al enfermo, se la azota, hasta arrancarle la savia; líquido que debe beber el enfermo y enseguida se la lleva arrastrando hasta la playa, para lanzarla al mar (en Europa, los pueblos primitivos realizaban una ceremonia parecida, con el árbol, que representaba el espíritu de los árboles). Por haber obtenido, con ello, buenos resultados, también se aconseja tomar raspaduras de “Piedra de Ara”. (Publicación del Dr. Bernardo Quintana Mansilla, “Chiloé Mitológico”).
 
Concepción (Chile)

Las tres pascualas es una leyenda chilena de la ciudad de ConcepciónRegión del Biobío.

Existen dos versiones de esta leyenda, ambas enmarcadas a finales del siglo XVIII, y teniendo como protagonista a tres hermanas penquistas que solían lavar juntas la ropa en una laguna cercana a su casa.

La primera versión dice que una tarde encontraron sus cadáveres flotando en el agua. Las tres se habrían suicidado, ahogadas en la laguna, producto de un desamor provocado por un mismo hombre que las engatusó y luego abandonó. Entonces las aguas de la laguna se habrían desborado producto de un gran remolino, volviendo a la normalidad para transformar la forma de la laguna por la de una luna en cuarto menguante.

La segunda versión dice que un forastero, que había llegado a hospedarse a la casa donde vivían las tres con su padre, se habría enamorado de ellas, y cada una le habría correspondido su amor en secreto. En la duda de no saber a cual elegir, el forastero las habría citado a la laguna en la Noche de San Juan. Desde un bote, al ver el reflejo de una de ellas, le habría gritado «¡Pascuala! ¡Pascuala! ¡Pascuala!», y cada una, al creer que se trataba de ella, habría acudido a su llamado, ahogándose en las aguas. Desde entonces, cada Noche de San Juan se dice que aparece un bote desde el cual se escucha una voz angustiada llamando a las hermanas.

En ambos casos, los lugareños llamarían a partir de entonces a la laguna como Laguna Las Tres Pascualas, nombre con el que se conoce hasta ahora.

Laguna Las Tres Pascualas en la actualidad, sobre la cual se basa la leyenda.

 

 
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