La última vez -y la única- que un Papa pisó tierras nacionales en visita oficial fue Juan Pablo II en 1987. Chile vivía años de dictadura y represión y la venida del Santo Padre estuvo marcada por ese contexto. Hoy, Chile vive otro panorama, con otras problemáticas sociales. Acá el contraste de ambas realidades, las similitudes y diferencias entre Juan Pablo II y el Papa Francisco I.



El Chile que recibe al Papa Francisco es, sin dudas, un Chile distinto al que acogió la última venida papal de Juan Pablo II. El liderazgo papal de ambos también es profundamente distinto. Sus orientaciones contrastan y sus discursos tienen diferentes focos. Tanto la sociedad chilena como la forma de ejercer el papado han sufrido cambios significativos entre la visita que Juan Pablo II hizo a Chile en 1987 y la que hace hoy, en 2018, Francisco.

1987 versus 2018

La población chilena en 1987 no superaba los 12 millones y medio. De ellos, 8,7 millones se identificaban como católicos, es decir,  un 70 por ciento. Hoy en Chile viven 17,5 millones de habitantes y, según la última Encuesta Bicentenario, 10,3 millones se declaran católicos, lo que corresponde a un 59 por ciento de la población.

El Papa Francisco se encontrará cara a cara con un Chile menos católico. Hoy la iglesia evangélica representa a cerca de un 16,4 por ciento de los chilenos según el Censo realizado durante el gobierno de Sebastián Piñera, en 2012, y la población atea entre 1992 y 2002 pasó de un 5,8 a un 8,3 por ciento

Mientras en 1987 el Producto Interno Bruto de Chile apenas superaba los 20 mil millones de dólares, hoy la cifra alcanza los 260 mil millones de la divisa estadounidense. Para la venida de Juan Pablo II en Chile existían 5 millones y medio de chilenos bajo la línea de la pobreza. Hoy son poco más de 2 millones.

La visita de Karol Wojtyla duró seis días y en ella visitó Antofagasta, La Serena, Valparaíso, Santiago, Concepción, Temuco, Puerto Montt y Punta Arenas. Diferente será la venida de Francisco, que durará tres días que solo le alcanzarán para visitar Santiago, Temuco e Iquique.

Las condiciones socio-políticas del país también representaban una realidad diametralmente diferente a la actual. La venida de Juan Pablo II se desarrolló en el desenlace de una dictadura represiva que dejó correr mucha sangre. Eso mismo hizo que la visita estuviera marcada por manifestaciones y protestas en contra del régimen en cada una de las actividades papales. Recordada es la jornada en la que Juan Pablo II ofició una homilía en el Parque O’Higgins. Los manifestantes enarbolaron una pancarta con la leyenda “Santo Padre, bienvenido. En Chile se tortura”, y ahí comenzaron los enfrentamientos con la policía. Los disturbios terminaron con 600 heridos. El Papa se vio en la obligación de acotar su discurso en, al menos, media hora. El efecto de los gases lacrimógenos era insostenible.

Hoy,  Chile vive días de más democracia. Probablemente si existen manifestaciones tendrán otro sello. La situación del nombramiento del obispo Barros en Osorno, la gran cantidad de casos de abusos de los que se acusa a la iglesia y el conflicto de La Araucanía se vislumbran como los asuntos que más inquietud despiertan en la población. La comunidad de laicos de Osorno ya está en Santiago y ha prometido seguir al Papa a todos los lugares a los que vaya para que escuche su petición de sacar a Juan Barros de su titularidad episcopal.

Para la visita de Juan Pablo II el fenómeno de la migración era prácticamente inexistente en Chile. El país contaba con cerca de 80.000 inmigrantes que representaban menos del 1 por ciento de la población. Hoy, según cifras el Departamento de Extranjería, en Chile habita casi medio millón de inmigrantes, alcanzando un 2,7 por ciento de la población nacional. Iquique será una de las tres ciudades que recibirán al Sumo Pontífice precisamente por ser una zona con altos niveles migratorios.

Papa vs Papa

Pero no solo Chile ha cambiado. El perfil de ambos Papas también ha sufrido importantes modificaciones. Si bien Juan Pablo II intentó no figurar junto al dictador Augusto Pinochet (de todas formas terminó apareciendo en un balcón de La Moneda junto al Comandante en Jefe), el Papa polaco siempre se manifestó en contra de los movimientos de izquierda. Tildó al marxismo como una forma de “resistencia al Espíritu Santo” y acá en Chile designó a Angelo Sodano como nuncio apostólico, una suerte de embajador papal en territorio nacional. Sodano se hizo conocido por entablar una fuerte amistad con Augusto Pinochet y fue un fiel promotor del silencio que cubrió los miles de atropellos a los derechos humanos.

Juan Pablo II también es sindicado como el Papa que ayudó a esconder las decenas de escándalos de abusos sexuales que vivió la iglesia durante su papado. Fue precisamente en ese periodo, cuando el Sumo Pontífice recibió informes detallados sobre los casos ocurridos en Estados Unidos. Durante el mandato del polaco la iglesia adquirió un papel conservador, una imagen que, por ejemplo, se ve proyectada en las jerarquías eclesiales locales, sobre todo en la chilena.

El Papa Francisco carga con otra imagen. Durante su periodo pontificio ha manifestado su voluntad de volver a hacer de la iglesia una institución con los ojos en la pobreza.

A poco de haber asumido, en su primera exhortación apostólica (“La alegría del evangelio”), el Papa Francisco pronunció una dura crítica en contra del sistema económico. En ella señaló que “el actual sistema económico es injusto en su raíz”  y que “el mandamiento de ‘no matar’ pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir no a una economía de la exclusión y la desigualdad. Esa economía mata”. El Santo Padre, en el mismo documento, señala que vivimos en una sociedad en la que se “considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar”.

Francisco, en el texto, también aprovechó de repasar a los poderosos: “las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz”.

Juan Cristóbal Beytía es sacerdote jesuita y capellán de TECHO-Chile. Según señala, existen diferencias y similitudes entre ambos. Dentro de las cercanías, Beytía cree que se encuentra el carisma de ambos líderes: “Son carismáticos, se relacionan bien con los públicos grandes, son cercanos, no tienen problemas en hacer gestos de piel. Ambos también han enfrentado los problemas de su tiempo con bastante claridad. Juan Pablo II se metió harto en el tema del trabajo y Francisco vincula el tema social al problema ecológico”. A la hora de hablar de las diferencias, el capellán de TECHO remarca la idea de que el Papa ha puesto un acento fuerte en el tema de los marginados: “Este Papa quiere una iglesia volcada hacia afuera. Una iglesia en la calle. Eso no se ve en la segunda mitad del papado de Juan Pablo II. En ese periodo fue un Juan Pablo II volcado hacia dentro de la iglesia. Otra diferencia es que este Papa ha puesto al centro de la discusión la misericordia, más que la norma, en temas valóricos como los homosexuales y los separados. Eso es un giro”.

El teólogo y académico de la Universidad Católica, Antonio Bentué, subraya la idea de que este Papa tiene una vocación hacia los pobres. En ese sentido cree que la visita del Papa, y la parafernalia que trae consigo, marcará un fuerte contraste con el discurso del Sumo Pontífice: “El acento principal de su figura es precisamente una iglesia pobre para los pobres. Yo imagino y creo que esa contradicción  se verá en los discursos que él hará, que serán contradictorios con esas figuras. Él representa y tiene la convicción profunda de que la iglesia no tiene que ser una institución de poder, sino de servicio, y que tiene que participar en la línea de lo que fue Jesús: una encarnación al mundo de la periferia, no del centro”.

En el  III Encuentro Mundial de los Movimientos Populares, llevado a cabo en Roma, Francisco lamentó que se destinen grandes sumas de dinero para salvar a entidades bancarias con problemas pero, en cambio, no se invierta “ni una milésima parte para ayudar a refugiados e inmigrantes que huyen de sus países de origen y mueren en el Mar Mediterráneo durante su travesía”. Asimismo, declaró que “El futuro de la humanidad está fundamentalmente en manos de los pueblos, de quienes construyen el cambio”.

El Santo Padre también ha tomado la agenda ambientalista como un tema prioritario. En 2015 redactó la encíclica que intenta abordar la problemática. En ella sostiene que “hay un consenso científico sólido” de esta realidad y que su principal causa son los humanos. Al mismo tiempo sostiene que es precisamente el “consumismo inmoral” el que ha llevado a esta degradación. Declaró que los países ricos tienen una “deuda ecológica” con los países pobres y promovió la creación de instituciones fuertes que se ocupen del conflicto.



A diferencia de Juan Pablo II, Jorge Bergoglio ha deslizado duras críticas en contra de las prioridades del sistema actual. Bajo su mirada jesuita, parece ser que dentro de sus aspiraciones está el volver a recordar los principios fundamentales que imprimió Jesús.

Crédito: Martín Espinoza C – Diario UChile