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Pedro Sánchez giró a la izquierda y ganó el apoyo de las bases del PSOE, pero a costa de la indignación del establishment ¿Lucha de clases en los partidos socialistas? ¿Cuál es su lugar en el mundo, si es que tal sitio sigue siendo necesario?

Los partidos de la Internacional Socialista, en general, tienen en su historia todo lo necesario para ocupar lugares relevantes en la política de sus países: ideología, compromiso, mártires, identidad, etcétera. Por eso muchos de sus militantes consideran inconcebible su desaparición, un mundo sin ellos. Y entonces continúan, a pesar de que en los años recientes se ha visto en muchas partes una creciente incomodidad por las propuestas, las políticas de alianzas e incluso los líderes que se han ido eligiendo.

En las últimas elecciones del PSOE, por ejemplo, se han dicho cosas para las cuales es preciso recuperar la capacidad de asombro. Por ejemplo: que Susana Díaz era la candidata de los Consejos de Administración (¿tienen candidata en un partido socialista y obrero?); que era un grave error de Pedro Sánchez girar a la izquierda (¿qué no era que el partido se trataba de eso, al menos antes?); que según El País, “la demagogia de los de abajo contra los de arriba se ha impuesto a evidencia de la verdad” (¿cuál es el problema para un diario afín al PSOE respecto a que los de abajo le ganen a los de arriba?). Por nombrar solo algunas.

Dicho todo esto, lo que más ha irritado al establishment y a sus poderes fácticos es que Sánchez compitió, ganó y aparentemente gobernará sin ninguno de los “barones” que han ocupado posiciones relevantes en el PSOE en las últimas décadas -denominación, por lo demás, bastante impropia para un partido socialista y obrero y que también se usa para referirse a líderes del PS chileno-. No conciben, por ejemplo, que se haga sin la venia de Felipe González, favorito de las multinacionales españolas y quien dirigió desde Chile y a través de El País la operación que terminó con Pedro Sánchez destituido el año pasado. El vencedor, eso sí, ha tenido en su círculo íntimo a veteranos socialistas como Josep Borrell, Cristina Narbona, José Félix Tezanos o Manuel Escudero.

Hay que recordar que en el largo proceso de incertidumbre previo a la investidura de Mariano Rajoy, Felipe González y Alfredo Pérez Rubalcaba exigieron, antes de hacer caer a Sánchez, que el PSOE pactara con el Partido Popular para no ser fagocitados por un Podemos que, advertían, había crecido a costa de los socialistas. No escapó a otras miradas más desconfiadas, que el actuar de estos dirigentes correspondía, en realidad, a la de una generación capturada por los grandes intereses empresariales, por lo que simplemente habrían actuado en nombre de aquellas cada vez menos disimuladas lealtades.

Con todas estas afirmaciones, que apuntan a que hay fuerzas mucho más poderosas que el 52 por ciento de la militancia que votó por Sánchez, se generan las condiciones para que le sobrevuele el fantasma de la falta de gobernabilidad, asunto que se ha vuelto tan crucial como antónimo de justicia social para muchos dirigentes socialistas en el mundo. Es decir, una gobernabilidad que no se entiende como buen gobierno para todos, sino como una mera administración afín a los intereses de los poderes.

¿Podrá hacer algo distinto Pedro Sánchez? ¿Lo querrá, de verdad? La primera pregunta tiene como precedente que los barones ya lo pusieron de rodillas primero y en la calle después hace menos de un año; la segunda, es válida porque aún no está claro si en las negociaciones pasadas de investidura la fórmula de gobierno Unidos-Podemos-PSOE no se hizo porque él no quiso, como parecía, o porque no lo dejaron, como explicó después.

Querer o poder. Ser socialista de izquierda como opción o como obviedad. Encarnar una alternativa al neoliberalismo o su simple maquillaje.

Preguntas que quedan de herencia luego del aire doctrinario con que la llamada Tercera Vía quiso renovar a la socialdemocracia, arrinconada hace casi tres décadas entre la caída de los socialismos reales y el avance sin contrapeso del capitalismo. Teniendo a Anthony Giddens de la London School of Echonomics como mentor, y a Tony Blair como vehículo movilizador, estas ideas representaron, en opinión de Giddens “la renovación de la socialdemocracia en un mundo en que las ideas de la antigua izquierda han quedado obsoletas, mientras que las ideas de la nueva derecha son inadecuadas y contradictorias”. Dispuesta a explicar las consecuencias de esta apuesta política e ideológica, cuando le preguntaron a Margaret Thatcher cuál fue su mayor aporte a la política del Reino Unido contestó con dos palabras: “Tony Blair”.

Los tiempos actuales son aún peores para la flor empuñada que cuando la Dama de Hierro dijo estas palabras. El Pasok ha desaparecido en Grecia, el Partido Socialista se ha desintegrado en Francia, la Unión Cívica Radical se hunde en el túnel neoliberal de Macri, el Partido de la Socialdemocracia Brasileña sostiene al gobierno de Temer y su líder, Aecio Neves, ha caído como un vulgar corrupto. Y en todos estos casos, los analistas locales han afirmado que todo sucedió ante la perplejidad de los militantes de base, que nunca entendieron muy bien ni se sintieron cómodos con lo que sus líderes hicieron, como aquella viejita de la canción de Mauricio Redolés que preguntaba “¿y cuándo llegará el socialismo?”

Todo lo dicho en este análisis supuestamente internacional tiene que ver con Chile y con sus partidos que adhieren a la Internacional Socialista especialmente el PS. En estos momentos especialmente difíciles, deben enfrentar a un Frente Amplio que crece desde la izquierda y que, parece, no cree en el mal menor que durante décadas subsidió a la Concertación-Nueva Mayoría frente a la derecha, además de la herida potencialmente mortal en su alianza de décadas con la DC ¿Cómo se hace? ¿Girando a la izquierda? ¿Puede hacerlo si quisiera o ya se ha reformulado como un partido conservador? ¿Existe un abismo entre los militantes del PS y sus dirigentes? ¿De qué naturaleza es? ¿Quiénes son los miles de militantes que en el refichaje entraron al partido por primera vez? ¿Dónde están los miles de militantes históricos que no se reficharon? ¿Qué quiere decir socialismo hoy? Preguntas difíciles pero que, por el mero peso de los acontecimientos, ya no parece posible esquivar.

Crédito: Patricio López  – Diario UChile