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Más allá de los mensajes y campañas que intentan concientizar a la población para reducir las cifras de accidentes, en el fondo, estos excesos no son más que un reflejo, una radiografía de una sociedad enferma de consumo, sobre endeudada, víctima de una pésima educación y siempre, ¡siempre! desigual.

Mientras en el Congreso se discute cuanto más allá puede avanzar la aprobación de leyes como la de desmunicipalización o la de educación superior, en las calles –día a día- vemos como la educación chilena se cae a pedazos.
No es necesario fijarse en rankings o estudios para comprobarlo. Es suficiente con mirar a nuestro alrededor y ver cómo nos comportamos.

¿Las razones? Tendríamos que volver a 1981 para explicar el constante descenso en la calidad de nuestra educación pública. En paralelo, y junto con la proliferación de las instituciones privadas de instrucción, el crecimiento de la sociedad de consumo que fomenta la despersonalización, el individualismo y exitismo, convirtiéndolos en pilares de nuestro “ser chileno”.

Este, que no es un problema únicamente local, repercute en variados aspectos de la vida. Por ejemplo, en el endeudamiento promedio de los chilenos durante las fiestas patrias. Según un estudio elaborado en 2015 por la Universidad del Pacífico, una familia gasta en promedio 52 mil pesos en Fiestas Patrias. La cifra puede llegar a representar el 25 por ciento del ingreso mensual del grupo en el caso de los más pobres.

No es casual, tampoco, que los bancos lancen sus mejores promociones crediticias en marzo y septiembre. Si valemos por lo que compramos, mejor que todos podamos pagar las mejores fondas del barrio, los asados más grandes y los más masivos recitales… y si no se puede pagar ¡da lo mismo! Las tarjetas y préstamos para eso fueron creados.

Y si ya nos endeudamos para comer, obviamente hay que hacerlo para beber, no por nada en Chile, los mayores de 15 años presentan el mayor consumo de alcohol de América Latina, con un consumo per cápita de 9,6 litros al año, además es uno de los países que tiene uno de los mayores patrones de uso riesgoso a nivel mundial. Solo en 2016, 1.192 personas murieron como consecuencia de accidentes de tránsito, donde la conducción bajo estado de ebriedad es un factor mayoritario.

Por todo aquello, las Fiestas Patrias se han convertido en un ícono de campañas publicitarias tratando de concientizar a la población para no conducir bajo el consumo de alcohol. Pese a ello, las cifras de accidentes se disparan en estas fechas.

Según Senda, 1 de cada 2 mayores de 18 años reconoce haber consumido alcohol durante el último mes, el problema mayor es que 2 de cada 5 personas aseguran haber consumido más de cinco tragos de una vez, quedando demostrada la tendencia de beber hasta la embriaguez.

Las consecuencias del consumo excesivo han sido difundidas hasta el cansancio. No solo es la principal causa de muerte en jóvenes, sino también el responsable indirecto de más de sesenta enfermedades, entre las que encontramos la gastritis alcohólica, variados tipos de cáncer, epilepsia, hipertensión, accidentes vasculares, entre otros.



Pese a ello, se insiste en los excesos. Es postal obligada de las celebraciones dieciocheras los cientos de “curados” saliendo de todo tipo de lugares de celebración. El consumo desmedido de carnes y embutidos es otra de las fotos representativas de nuestra chilenidad.

Y, si bien, muchos historiadores han tratado de explicar el por qué en nuestro país las Fiestas Patrias, celebración germinada desde el acto político, que recuerda la instalación de la Primera Junta Nacional de Gobierno y que ensalza la grandeza del mundo militar, se constituyen como el reemplazo obligado a ese negado carnaval; lo cierto es que ninguna de esas razones justifica la pérdida masiva de todo sentido común.

Pero si algo de bueno tiene este tiempo de regocijo popular es que -por algunos momentos- permite a todos sentirse parte de un mismo país, sentimiento que el 20 de septiembre desaparece para dar paso a lo de siempre: un espacio geográfico en el que cada uno transita por las calles que socialmente le son permitidas, anhelando al de arriba y temiendo al de abajo.

Finalmente y mientras el sistema educacional no cambie y se nos impida formarnos como otro tipo de ser humano ¡Que viva Chile! Y que cada uno viva acá como mejor lo logre.

Crédito: Paula Campos -Diario UChile







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