El establecimiento las oficia desde este jueves como un nuevo recinto para la tramitación del proceso implementado por el Gobierno. Una fila kilométrica, temperaturas rodeando el cero y muchos funcionarios de Carabineros y Fuerzas Especiales fueron la vivencia de miles de haitianos que esperaron, pacientes, el principio del trámite para “convertirse” a la legalidad en Chile.

Nunca un pedazo de Haití había sido tan frío, pero la madrugada de este jueves la comuna de Providencia lo logró. Cientos de haitianos que comenzaron a llegar desde la 1 de la madrugada se agolparon a las afueras del liceo José Victorino Lastarria, la nueva sede de tramitación de la regularización migratoria luego de que el consulado de dicho país no diera abasto ante tanta demanda.

Con temperaturas merodeando el cero y con el doble de funcionarios para agilizar el proceso, el liceo municipal ubicado en Providencia con Miguel Claro se transformó en una pequeña república haitiana, en donde el español era escasamente oído y la oferta culinaria se adaptaba básicamente al paladar de los isleños.

Las largas colas –una en dirección sur y otra en dirección norte-, llegaban a las esquinas aledañas y daban la vuelta, dando cuenta de la afluencia que con un fuerte contingente de Carabineros y Fuerzas Especiales se intentaba controlar.
La Subteniente María José Cruchett es una de las funcionarias a cargo de mantener en orden a la gran masa de haitianos que espera su turno. Así explica el procedimiento y la evaluación del desarrollo de la jornada: “Este proceso partió el 3 de julio en la embajada de Haití. En las mañanas se reparte número para el día siguiente y se atiende a la gente que tiene ticket desde el día anterior. Generalmente se atienden entre 700 y 1.000 personas diarias. Si no entregamos números temprano se empieza a generar cierto desorden debido a la desinformación, pero hemos podido tenerlo más o menos ordenado. Hay gente que tiene número y que llega más tarde porque tiene asegurado su cupo. La embajada de Haití es muy pequeña en espacio”.

Los diálogos en creolé rellenaban el espacio que poco a poco el frío iba abandonando. En la fila hombres, mujeres, niños, niñas e incluso guaguas aguardaban con paciencia el turno que muy lentamente se iba acercando.

Los puestos de fotos de carnet –que se podrían pensar improvisados- tenían poco de improvisados. Distintos sitios a lo largo de la fila se acomodaban para convertirse en un pequeño estudio de fotografía que, con fondo blanco y una pequeña impresora instantánea, ofrecía a los miembros de la comunidad haitiana una solución a su problema más inmediato.

Dentro del personal de Carabineros que colaboraba en el lugar llama la atención una figura que podría haber estado en la fila. Viste el traje verde de la institución y al lado derecho de su pecho tiene cosida una placa con su nombre: Kendalie Joseph, aspirante a oficial. Joseph, funcionaria de la Policía Nacional de Haití, llegó a Chile hace cuatro años becada para adquirir los conocimientos de una institución que, en años, casi cuadruplica la de su nación de origen. “Carabineros tiene 91 años. Uno puede aprender mucho de la experiencia, porque uno se hace bueno a través de ella, entonces podemos tener la experiencia de Carabineros para implementarla en la Policía. Su policía es muy antigua y la nuestra es súper joven”. Cumpliendo su función de mantener el orden y, además, de traductora improvisada, Joseph agrega que “llegamos para formarnos como oficiales de Carabineros y para luego ponernos al servicio de nuestro país. Tengo ganas de volver y servir a mi país. Al venir la comunidad haitiana acá a Chile es una pérdida para nosotros porque vienen muchos jóvenes, que tienen estudios, que podrían servir al país, pero vienen porque buscan nuevas oportunidades. Con la barrera del idioma no pueden venir a hacer lo que aprendieron en Haití y tienen que hacer cualquier trabajo. Es bueno que vengan a buscar nuevas oportunidades, pero en Haití estamos perdiendo mucho”.
Pasan los minutos y la fila avanza. Lento, pero avanza. Wendy lleva horas de hilera y ya se acerca a la entrada. Acercarse sigue estando lejos, porque los ingresos se turnan entre la fila de los que tienen números y los que vienen a buscarlo para ser atendidos en los días próximos. “Llegué a las cuatro de la mañana, estoy en Chile hace ocho meses y quiero regularizar mi situación porque me quiero quedar más tiempo. Trabajo en el país y me vine porque mi mamá vive acá hace un año y seis meses. Me quiero quedar porque me gusta, acá puedo darles una mejor oportunidad a mis hijos. En Haití no está es posibilidad hoy día. No se entiende bien por qué…”.

Linda está parada un poco más atrás, eso significa unas 150 personas más atrás, porque las dimensiones numéricas son casi imposibles de precisar. La cola sigue creciendo, pero las caras pasivas de una comunidad tranquila son transversales a la distancia de la entrada. Solo a veces se interrumpe la calma con alguna discusión que desatan las supuestas intenciones de ciertos haitianos por saltarse algunos lugares en la fila. “Llegué hace dos años y quiero quedarme acá porque quiero trabajar. Quiero tener mis papeles, pero actualmente no estoy trabajando. Me vine para poder tener una vida mejor. En Haití se puede, pero, como sabes, no hay muchos trabajos. Acá me gustaría trabajar de lo que sea, no sé. Estoy buscando una vida para mi familia, para mi hijo”, dice Linda con un dejo de desconfianza.
Es la desconfianza que han dejado entrever varios de los haitianos consultados en la fila y que no permite saber en profundidad los motivos que los llevaron a Chile y a esa extensa columna de gente. Desconfianza que puede entenderse por la hostilidad de un frío muy lejos de la calidez de Puerto Príncipe, por la incapacidad de un Estado de ofrecer un servicio de regularización que no le exija a la gente pernoctar con temperaturas bajo cero afuera de un edificio municipal, por el escaso flujo de información que pueden proveer los pocos traductores que pronuncian en creolé y español afuera del colegio o por el significado y la connotación que tiene la presencia de un robusto contingente policial, compuesto por Fuerzas Especiales y acompañado por imponentes vehículos de la institución.

Eduardo Cardoza, secretario ejecutivo del Movimiento de Acción Migrante, cree que “hay una voluntad de posicionar el fenómeno migratorio en términos de una carga para el país, y no en lo que representa la migración en el mundo. Los seres humanos migramos hace 143 mil años, antes de que existieran los Estados y todo indica que la migración es beneficiosa y que lo más útil es facilitar los derechos humanos. Otra vez se posiciona desde el punto de vista de carga y de gastos y no se ven los aportes que hace la migración, incluso la migración irregular. Lo que estamos viendo por parte del Estado es una inadecuación a la realidad. La sociedad está cambiando respecto del enfoque de la migración, y acá hay una voluntad de generar un enemigo interno, de ver a la migración como una afectación a los derechos, cuando se sabe que en un periodo de diez, quince años, dadas las condiciones demográficas, el país va a necesitar a los migrantes”.
Mientras la comunidad haitiana daba ejemplo de paciencia, poco antes de las diez de la mañana llegaba Evelyn Matthei, la alcaldesa de Providencia, al recinto. Matthei, que este martes comunicaba públicamente la implementación de una política agresiva en contra del comercio ambulante (multando tanto a quienes venden como a quienes compran y, al mismo tiempo, afectando a la población migrante que ha sabido ejercer esa labor), este jueves arribaba sin dar declaraciones mientras en su cuenta de Twitter señalaba que “hemos habilitado uno de nuestros colegios para facilitar proceso que está realizando embajada de Haití, con el fin de ayudar a hacerlo más expedito y más humano. @min_interior y @CristianBarraZ trabajan para hacer más rápido el proceso y evitar largas filas de anoche”. Cristián Barra, con la jefatura del plan Estadio Seguro como principal antecedente, lideraba el procedimiento desde su cargo en la Unidad de Gestión de Emergencias de la Subsecretaría de Interior.

El José Victorino Lastarria cumplirá este rol hasta el viernes 27 de julio, fecha en la que deberá ceder su espacio como sede de la tramitación para dar paso a otro recinto que pueda hacerse cargo de una urgencia que, según lo visto, no otorga dignidad a quienes buscan en Chile oportunidades que no ven en su país de origen.

Crédito: Martín Espinoza C. – Diario UChile