publicidad-webypunto-300x250

En conversación con Diario y Radio Universidad de Chile el pre-candidato presidencial de la Nueva Mayoría entregó sus primeros lineamientos políticos de cara a las primarias de julio y un futuro gobierno y adelantó que su programa se centrará en tres ámbitos: educación, salud y jubilaciones.

Una de las críticas que más se le han hecho al senador Alejandro Guiller es que nadie sabe muy bien qué piensa respecto de los grandes temas actuales que enfrenta el país y el mundo. Por lo general no suele opinar de la contingencia, como fue el caso de los incendios forestales de este verano o la huelga en la minera Escondida (el periodista fue en algún momento miembro del directorio de la fundación cultural de esa compañía). Guiller se ha defendido de estos reparos, afirmando que no quiere sacar provecho mediático de cada contingencia.

Hasta ahora la estrategia comunicacional de no inmiscuirse en el día a día parece rendir frutos. Con altos y bajos, el candidato proclamado en enero por el Partido Radical marcha hace meses segundo en las encuestas presidenciales, pisándole los talones al candidato derechista Sebastián Piñera, y superando ampliamente a cualquier otro aspirante de la coalición oficialista. Sin embargo, ha sido el “fuego amigo” que más ha complicado sus aspiraciones políticas.

El presidenciable aceptó una invitación del Diario y Radio Universidad de Chile para, justamente, conversar en mayor profundidad acerca de los grandes temas. Esta entrevista, realizada por tres editores en dependencias de nuestro medio el viernes 24 de marzo en la mañana, duró una hora y media y Guiller no esquivó ningún tópico.

A continuación, extractos de esta conversación.

Usted ha dicho tener “las piernas moradas” de tanto bombardeo de su propio sector. ¿Está seguro que quiere seguir adelante con esta candidatura presidencial?

Yo creo que el país está en una situación de cambio, y es de una profundidad poco habitual: muchas transformaciones en poco tiempo, sobre todo con cambios en la sociedad civil. Esta ciudadanía está esperando nuevos liderazgos. Hay sectores en los partidos políticos que se resisten a esos cambios y a entender que estos no son solo cambios de agenda o de temas, sino cambios de estilo y de forma de ejercer el poder. Por lo tanto, mi tarea es asumir que también hay que reformar las coaliciones y las propuestas que se le han hecho al país.

Desde luego, también grita un cambio generacional, porque no pueden seguir los mismos de siempre, casi tres décadas, sin soltar su espacio para una renovación de liderazgo. De hecho, se ve en los candidatos: no ha habido ex presidente de Chile que no quiera volver a ser presidente.

Algo de renovación se ve. Por ejemplo, la candidata de la Democracia Cristiana, Carolina Goic o usted mismo. ¿Cómo vislumbra ese cambio generacional, ese cambio de las élites?

Hay resistencias de las distintas coaliciones al cambio que en el caso de la derecha se ven, por ejemplo, al hecho de que ese sector recurrió a Sebastián Piñera, que ya era senador en 1990 y que en su acto de campaña estaba rodeado por los mismos hombres de siempre. Carolina Goic, al igual que yo, va a tener que afrontar el desafío de no ser cooptada por los mismos que la rodean. Es necesario dar señales de apertura. En mi caso lo hicimos mostrando parte del equipo económico, todos sub-39, como señal clara de renovación.

Esto no significa que se va a despreciar a la buena gente, pero hay que tener un criterio de selección, hay que dar tiraje a la chimeneacon gente con experiencia, pero no solo política y técnica, sino también de transparencia y probidad.

¿Y cómo se hace eso? Michelle Bachelet trató de sumar gente y una generación nueva, pero los partidos presionaron para sacarlos. 

Ha pasado mucha agua bajo el puente. Ella representó en 2005, sin que la élite se percatara adecuadamente, una demanda de cambio de la sociedad. En su primer mandato, Michelle Bachelet no fue la candidata elegida por el sistema. De hecho, los medios de derecha la levantaron porque pensaban que el candidato iba a ser Soledad Alvear o José Miguel Insulza.

Es evidente que en ese momento ya estaban los síntomas del cambio, pero la sociedad todavía estaba emergiendo en esta aspiración, que hoy es abierta. Hay una movilización de la ciudadanía para exigir transformaciones en las formas de gobierno, y los movimientos sociales han tomado un protagonismo que está abriendo los espacios políticos. Por ejemplo, no estaríamos discutiendo de reforma educacional sin los movimientos estudiantiles. Fueron ellos los que editorializaron el tema y dijeron “No al lucro”. No se trataba simplemente de corregir el tema del CAE o dar un bono, adquirió una dimensión contracultural. Los mismo está pasando con el movimiento No + AFP. Estos discursos aún no estaban plenamente instalados durante el primer gobierno (de Bachelet). Era recién un malestar, una búsqueda de algo distinto. Hoy hay una expresión ciudadana que está marcando a los partidos políticos y, que si no se escucha, se aleja.

A eso se suma otro factor: la mayoría de los chilenos se siente satisfecha de lo que le pasa a nivel personal. Sin embargo, piensa que el sistema político no le va a ayudar en nada. No es una reacción antidemocrática, sino de decir que la institucionalidad dejó de ser un tema, el yo me arreglo solo, alejándose de la política.

Parte de esas demandas las está captando el Frente Amplio. ¿No estará en el domicilio equivocado?

No. Lo que le pasa en general a los movimientos de izquierda es que ellos son hijos de la globalización, son políticos de menú. En la web cada uno hace su propuesta, pero no tienen la cultura de la construcción de acuerdos, por eso se tensionan extraordinariamente. Hay una dificultad crónica de construir acuerdos, porque piensan que ello es traición. Lo mismo les pasa con sus liderazgos. Eligen líderes que son voceros de la asamblea, pero si ese líder adquiere vuelo propio, pierde la confianza. Eso es lo que ha pasado con los liderazgos estudiantiles que son rápidamente cambiados, son como desechables, porque los pocos que han logrado subsistir tienen problemas internos con sus propias coaliciones, les cuesta articular, crear consenso.

Al final, la política clásica es construir acuerdos, pero con la ciudadanía, no con las élites.

DESCENTRALIZACIÓN DEL PODER

Usted habla de acuerdos transversales, pero en temas como la descentralización hay una agenda muy pendiente. La elección de intendentes elegidos no avanza. ¿Qué pasa ahí? ¿Está la clase política tradicional preocupada del poder que van a perder con ese tipo reformas?

Está dicho en su pregunta. Si tú recorres el país y hablas en regiones sobre descentralización, obtienes una ovación. Las élites en Santiago y en el Congreso piensan distinto. El grupo político más refractario a la descentralización es el PPD, porque están sacando el cálculo que no les iría bien en una elección de intendentes.

Es la élite la que no es capaz de entender que llegó la hora de repartir el poder, que es necesario descentralizar el poder. ¿Por qué razón? Porque hoy un senador designa al intendente y a todos los seremis, formando una red de poder regional que se transforma en un lugar donde no lo pueden voltear. Esa manera de hacer política es la que está en crisis. Los ciudadanos quieren descentralización, son las élites las que no quieren soltar el poder. Lo mismo pasa en el poder económico.

Descentralización es una palabra mágica, pero nadie sabe muy bien a qué se refiere. ¿De qué habla cuando habla de ello? ¿Qué tiene en mente? ¿Un sistema federal como el argentino o brasileño, o algún otro modelo?

Los distintos países, sobre todo los más democráticos, son descentralizados. Es decir, la toma de decisiones se reparte por el territorio, donde cada región es responsable de su plan estratégico de desarrollo, dentro de ciertas líneas globales. Por ejemplo, en Chile somos un país exportador, no un gigante industrial. Por lo tanto, salir al mundo es fundamental, pero lo importante es que las regiones puedan diseñar cómo salir a ese mundo. Que no todo se articule desde Santiago. Todas las comunas saben cuáles son sus factores de riesgos, como los aluviones en Antofagasta, o la sequía en otras partes del país.

Entonces se necesita que la toma de decisiones se haga en regiones y que la responsabilidad del desarrollo se defina en las regiones, porque en el país existen problemas diferentes según cada zona. La forma de resolver los problemas tiene que ser regional, y el poder central debe actuar como articulador. El poder político se tiene que repartir en las regiones.

Pero grandes ciudades como Concepción o Valparaíso replican ese modelo, ¿no?

Cuando hablo de descentralización, no se puede replicar el modelo actual. Por ejemplo, Concepción reclama de Santiago lo que Los Ángeles reclama de Concepción. Se sigue pensando en un Estado jerárquico que se replica en las regiones, porque esa es la estructura. En una dinámica de un Estado descentralizado, también en las regiones se tiene que crear un poder descentralizado. Un ejemplo de eso es empoderar más a los gobiernos locales. Es como Valparaíso o San Antonio. Si uno le pregunta al porteño cuál es el plan de desarrollo portuario, dice el mega puerto. Pero después vienen los hoteleros, el comercio o el transporte y piden una ciudad más integrada. Esas cosas se deben resolver con políticas regionales, no locales. En este caso, por ejemplo, repartir la torta entre Valparaíso y San Antonio para que el sector portuario no invada o inhiba el desarrollo de otras actividades.

¿Y cómo se hace esto sin billetera propia? ¿Esto no tendría que venir con una reforma al sistema tributario?

Hay muchos impuestos regionales que se pagan donde está la casa matriz. Eso claramente beneficia a dos comunas: Las Condes y Vitacura. Está a la vista el nivel de vida de esas comunas comparado con otras. No tienen actividades productivas, no hay chimeneas, pero hay ingresos que desbordan a cualquier otra comuna de Chile.

Por esa razón, la descentralización implica no solo elección de autoridades, sino una transferencia de competencias. Y ahí viene el otro forcejeo que hay en el Congreso: qué competencias transfieres. Así nació la idea del delegado presidencial, que echa por tierra el proyecto de transferencia de competencias.

Y respecto de los recursos financieros hay varias maneras de hacerlo. Una son los impuestos regionales, lo que no significa que las empresas paguen más, sino que cambie la forma en la que se paga una parte de la riqueza que genera el emprendimiento productivo. Eso hace que la región sea más receptiva a las inversiones. Ayuda a desbloquear el creciente rechazo de las regiones a más inversiones, porque se quedan con los pasivos, con los elementos negativos, sin beneficiarse de los dineros de las empresas.

También hay que revisar los montos de los impuestos y toda la estructura tributaria, con valores reales, porque un quiosquero no puede pagar lo mismo que el señor Paulmann. Y eso pasa porque Paulmann tiene poder. Entonces, volvemos al tema de la repartición de poder. El impuesto hay que pagarlo donde está la actividad.

DEFINICIONES PROGRAMÁTICAS

¿Cuatro años son suficientes para todos estos cambios?

No. Se bajó el tiempo presidencial de seis a cuatro para hacer infértiles los gobiernos. En cuatro años alcanzas a hacer un par de cosas y no más, y cuando prometes mucho se produce el desorden o esa imagen de desorden que tenemos hoy: muchos cambios al mismo tiempo, con poca capacidad de gestión.

Todas estas reformas de las que hablamos son a 20 o 25 años plazo. Hay que imaginarse dónde queremos llegar.  ¡Nadie puede esperar que las transformaciones se sientan en cuatro años!  Las verdaderas inversiones son de largo plazo, las otras son para aguantar. Una reforma previsional tampoco se puede hacer en un año. Hay que hacer un sistema de largo plazo que, junto a otras medidas más, nos asegure pensiones dignas, pero en lo inmediato hay que aplicar políticas de contención para los que hoy están jubilados, para quienes no van a disfrutar de un sistema nuevo.

Pero en las campañas presidenciales se hacen promesas para hoy. Bachelet prometió educación superior pública y gratuita. ¿Cómo piensa enfrentar esa dualidad? ¿Va a prometer cosas para ganar votos, o se va a proyectar a largo plazo sabiendo que le restará votos?

Hay que tomar decisiones en no más de dos o tres áreas. El 2018 va a ser más difícil que este año, porque no tendremos el caudal de recursos que teníamos cuando el cobre estaba en un super boom del cobre. Ese ciclo nos lo farreamos elegantemente en la época de Sebastián Piñera, sin que nadie preguntara en qué se gastó esa plata y dónde quedó. Ahí se gobernó para cuatro años, se sobrecalentó la economía, no hubo ninguna inversión estratégica, incluso, se permitieron niveles de consumo históricos.

La pregunta es: ¿ahora qué? Codelco está desfinanciado, con proyectos estructurales que todavía están en duda. Esa es la realidad que el país tiene que conocer. En ese escenario tenemos que tomar definiciones que van a ser difíciles. Cómo vamos a optimizar los recursos que el país va a tener, porque Codelco no aportará recursos al Estado, todo será reconversión. Hoy estamos pagando el costo de trabajar a cuatro años y no mirar a largo plazo.

 El país necesita acordar hoy los nuevos consensos estructurales, como ocurrió el año noventa, donde se definieron ciertas reglas del juego y, como sea, el país creció. Pero ese ciclo primario exportador se agotó, no da para más. Si no ponemos valor agregado, se acabó. Para cambiar el modelo hay que generar alianzas con países vecinos, ser la puerta de salida del mercado local. Son decisiones que hay que tomar ahora.

Dijo que hay que centrarse en dos o tres áreas. ¿Cuáles son?

Educación, salud y previsión.

En educación completar la idea de que nadie se quede sin educación, porque si el país no cumple ese compromiso, no tiene futuro. Lo primero que hicieron los países a los que les ha ido bien, fue una revolución en educación. Por ejemplo, el milagro chino. Desde 1978 en adelante ellos prepararon a su población para el gran salto. Hoy vas a China y ves que todo se robotiza y preguntas dónde está la gentela gente no quiere ser empleada, porque los prepararon para conquistar el mundo, y no como lo hace Europa o Estados Unidos, sino desde la supremacía de su tecnología, de su cosmovisión. Buscan (crecimiento) de formas menos agresivas de las que estamos acostumbrados. Hablan de crecimiento compartido, de colaboración. Saben que eso les permite una política más atractiva que la que en su momento de máxima hegemonía nos dieron Estados Unidos o Europa.

Ya avanzamos con el fin al lucro y con la gratuidad, también con la Carrera Docente que empieza a regir a mitad de año. Y estamos viendo cómo administramos el sistema público de educación. Ahora viene la revolución en el aula: escuelas para el siglo XXI, planes curriculares, el nuevo rol del profesor y estudiante, la comunidad educativa y su entorno, entre otros temas.

En Chile tenemos problemas tan simples como que del 100 por ciento de los jóvenes que entran a la universidad, un 50% queda a mitad de camino. Del otro 50% la mitad no está trabajando en el área que estudió. Hay una irracionalidad en el sistema de educación superior que tenemos que ordenar, de modo tal que se estudien aquellas cosas que tengan empleabilidad y que tengan las competencias que se exige. Porque hay mucho artificio en el sistema de educación superior en Chile: carreras que no tienen campos laborales, competencias desusadas, énfasis en carreras tradicionales, sin pensar en los nuevos desafíos. Y cuando hablo de educación, me refiero al ciclo completo: desde que el niño nace hasta la educación superior y mejorar la calidad de todo el sistema.

¿Cuán estructurales pueden ser estos cambios si estos se pueden cambiar de un gobierno a otro?

Todo lo que les he hablado son políticas de Estado. Si el país no toma conciencia de que la educación es la clave y que, además, no es un negocio, no se solucionará nada. Hay que ordenar.

¿Y qué pasa en salud?

Se necesita avanzar hacia un plan básico común. En Chile nadie tolera desigualdades brutales en el acceso a la calidad de la salud. Si existe una calidad médica, no se puede entender que unos sí accedan a ella y otros no.

En la mesa que estudió la reforma a las Isapres se acordó un plan básico universal. Sin embargo, no hay reforma.

Se frenó porque se tiraron muchas reformas. El Estado no te da como para hacer reformar por todos los lados, porque se produce esta imagen de desorden. Entonces, al final, se soltó salud. Por esas cosas es necesario priorizar. Todos piden mejorar cosas en muchos ámbitos, pero hay que definirse. No es posible hacer todo lo que los chilenos piden aquí y ahora. No hay nadie en el mundo que lo pueda hacer. Los países exitosos se prepararon por décadas.

¿Y en lo previsional?

El sistema de AFP fracasó por razones que se sabían 30 años atrás. En esa época, de la que soy testigo, me dijeron que ganaría el 70% de mis últimas 10 remuneraciones. Pero todos sabían que en Chile el empleo es irregular, que la mayoría no cotiza, en gran parte porque las empresas declaran las cotizaciones, pero no siempre las pagan efectivamente.

En ese caso es necesario cambiar el sistema: si una empresa no le paga la cotización a sus trabajadores, no puede funcionar. Además, es necesario crear un sistema de seguridad social. Acá se confunde el sistema de seguridad con las AFP, pero eso es solo una fórmula posible, pero que no da resultados. En ninguna parte del mundo el ahorro previsional es 100 por ciento individual. En los países desarrollados lo individual es un apoyo a tu previsión, pero no la reemplaza. Existe una previsión social que se suplementa con un ahorro individual. Aquí el engaño es que nos hicieron creer que ese extra reemplaza a todo el sistema de previsión.

La solución no son las AFP. Necesitamos pasar a un sistema donde el aporte del empleador y del Estado sea clave, el que se complementa con ahorro individual, donde el que más ahorre tenga una mejor jubilación. En Chile tenemos problemas insólitos. Por ejemplo, a los empresarios no les gusta capacitar a sus empleados por el temor a que la competencia se los lleve, o porque les tienen que subir el sueldo. Entonces, no hay una política proactiva, no hay intención de hacer las cosas de manera distinta.

Uno de los ámbitos donde hay que descentralizar el poder es el mundo laboral. Existe una gran asimetría de poder entre las grandes empresas y sus trabajadores. Hace poco fuimos testigos del conflicto en la minera Escondida. ¿Basta con la reforma laboral actual que se implementará en abril?

Dos comentarios al respecto. En Chile tener negociación por rama parece de la Rusia revolucionaria, en circunstancias que en todos los países desarrollados se negocia así y no se desploma el mundo. Por qué, porque hay confianza entre el trabajador y la empresa, donde estos últimos no juegan a explotar al trabajador y, este, a su vez, en venganza, no busca sabotear a la empresa.

Si generas buenas relaciones laborales, hay una asociatividad fantástica. Pero eso en Chile no existe. La mala distribución de la riqueza se explica, en parte, porque los sectores formales, que es donde funcionan los sindicatos, no tienen capacidad de negociación, salvo en el cobre, y unas cuatro industrias más. El que en Chile se considere casi subversivo la negociación sindical es anti democrático.

Además de eso hay que pensar en la flexibilidad laboral debido a los nuevos desafíos, porque hoy el mundo es 24/7. Para poder negociar, requieres un sindicato legítimo y fuerte que se pare frente a la empresa y negocie de modo tal que ganen las dos partes sistemas. No se puede entrar al siglo XXI sin esa negociación, pero el origen es la desconfianza. Hoy ninguno de los dos da el paso.

Se supone que empleador tiene que tomar la iniciativa y asumir que, si quiere mejoras, debe comprometerse con la educación y con la capacitación de sus empleados. Pero como no lo hace, lo asume el Estado y se encarga de la capacitación. Sin embargo, en los países desarrollados es la industria la que se encarga de eso. En Chile el sector privado todo lo quiere gratis. Son las universidades las que investigan, las que hacen desarrollo científico y tecnológico, y el sector privado se beneficia sin aportar. ¿Qué es lo que aportan? Cuando llega a haber una ley de innovación, la empiezan a meter en los colegios en la que estudian sus hijos.  Así no funciona el sistema.

INMIGRACIÓN Y CONFLICTO EN LA ARAUCANÍA

En su campaña senatorial afirmó que la llegada de inmigrantes afectaba la calidad de vida de los habitantes de Antofagasta. ¿Sigue pensando eso?

Por supuesto. El problema es que no hay una política migratoria. Esto no es culpa del migrante, sino del Estado chileno que no hizo una política migratoria. Cuando uno acepta corrientes migratorias es necesario tener una política. De lo contrario, ¿cómo resuelves sus problemas de salud, de educación, sus permisos para trabajar?. El problema con los migrantes es la irregularidad, el regular se integra como cualquier chileno, trabaja como cualquier chileno, recibe sus ingresos y paga sus servicios e impuestos.

Dónde tenemos los cuellos de botella es en la ilegalidad. Pero eso es un problema nuestro, porque no hay planes de vivienda o de salud que considere a esa masa, a quien no se le pueden negar estos servicios.

También se podrían fijar criterios de calificación, como lo hizo Pablo Neruda con el Winnipeg, donde se eligió a españoles técnicos y artistas. ¡Y qué vino en el Winnipeg! Una generación de artistas y técnicos, ninguno de los cuales fracasó en Chile y que hicieron un aporte tremendo, porque fue una migración selectiva. Solidaria, pero selectiva. Bueno, ahí hay un criterio, eso es una política.

¿Usted tendría una política de migración selectiva?

Sí. Creo que hay que aplicar criterios selectivos. El problema con Estados Unidos es que va a presionar más a países como México y Chile, y los flujos migratorios van a comenzar a moverse hacia América Latina, por eso tenemos que tener una política. Por ejemplo, nosotros necesitamos médicos. Entonces, demos condiciones excepcionales para que vengan médicos, y cortémosla con que los médicos chilenos estén saboteando para que no les entre competencia.

¿Y cuál es su propuesta en materia indígena?

Reconocimiento constitucional y sentido común. A estas altura todos aceptamos que Chile es un país multinacional. Eso significa que detrás de cada uno de los pueblos hay una cultura, una cosmovisión del mundo que hay que respetar y preservar, porque son parte de la riqueza del país. Eso no es un problema, es diversidad, y si la sabemos aprovechar, e integrar a los pueblos indígenas a formar parte de un todo pero diferenciado, se transforma en una ventaja. Además, no se puede separar la cultura de la tierra y del agua. Es una violación de los derechos humanos (negarles agua y tierra). Y en Chile eso pasa. Hay que avanzar de forma armónica, no puede ser que una actividad se coma a todas las otras.

¿Cómo evalúa el actuar de este gobierno respecto de los hechos en La Araucanía?

Nos falta entender que hay que ponerse en el lugar de otro, hay que tener una actitud antropológica. Yo veo que hoy los candidatos están proponiendo cosas, pero no sé si esas propuestas vienen de los pueblos indígenas o es lo que nosotros pensamos que necesitan los pueblos indígenas. Un diálogo sincero pasa por la capacidad de comprender, para mirar desde el otro lo que se está planteando. Hoy no estamos leyendo bien qué es lo que está pasando.

¿Cómo es posible eso si una parte importante de los medios de comunicación tradicionales del país criminaliza al pueblo mapuche?

Hay varios problemas que se superponen. En La Araucanía, por ejemplo, hay delitos comunes, donde hay gente que se aprovecha del problema. Y hay demandas radicalizadas que son minoritarias. Las fuentes de inteligencia interpretan que no son más de 250 las personas que integran estas redes más violentas. Entonces, no podemos titular con “violencia mapuche”. Además, esto no es solo un problema de pobreza, es integral, de dos naciones que no se están reconociendo.

Hay que tener una mejor aproximación y, a mi juicio, quien mejor se acercó a esto es Francisco Huenchumilla (ex intendente de la novena región), que salió volando porque a este país le asusta la diversidad. Vivimos en un país lleno de miedos.

Mirando a Asia

 En una reciente entrevista a The Guardian usted dijo que se sentía tan lejos de Venezuela como de Trump. ¿Pero qué tan cerca se siente de los presidentes Macri (Argentina), Temer (Brasil) o Kuczynski (Perú)?

Las relaciones internacionales son relaciones de interés. Para poder definir una política de Estado necesitas saber qué quiere hacer Chile en el mundo, dónde están nuestros intereses. Y nuestros intereses están en el libre comercio. Somos un país de economía exportadora, nos conviene el libre comercio. Si Donald Trump empieza con políticas proteccionistas, nosotros tenemos que estar con los países que se van a jugar por el libre comercio; si Inglaterra está por el proteccionismo, no va a ser nuestro aliado, Trump tampoco. Tenemos que hacer una política de alianzas, pero somos muy débiles para hacerlo solos, tenemos que volver a América Latina.

Eso de la linda casa en el mal barrio es la peor imagen que yo haya escuchado en treinta años, porque reflejó el error estratégico de la política exterior chilena: escaparse de su entorno. Solos podemos dar algunos pasos iniciales, pero dentro del espacio que las grandes potencias dejaron, y sometido a las dinámicas y lógicas de desarrollo que ellos impusieron. Pero si quieres desarrollar tu propia política de desarrollo, necesitas espalda. Para eso tenemos que volver al barrio y generar acuerdos, en áreas acotadas al comienzo. Debemos a salir a defender juntos el libre comercio. Por ejemplo, una agresión a México es una agresión a toda América Latina.

En ese marco, tenemos que aliarnos con los países desarrollados que estén dispuestos a hacer una nueva política de comercio de beneficios mutuos. Los países deben detener su propia política de desarrollo, al margen de las presiones de las grandes potencias.

Entonces, ¿para usted el futuro de la región y de Chile está en Asia?

Absolutamente. El 45% de nuestro comercio es con Asia, el 25% con Estados Unidos y no más del 15% con Europa. El TPP era lo contrario. Era Estados Unidos bloqueando a China y nosotros con Estados Unidos dando la espalda a nuestro principal socio comercial. China representa, según cifras de 2016, el 28% de nuestro comercio.

Senador, toda esta conversación no tiene asidero sin primarias y si no llega a los comicios de noviembre. ¿Mantiene  su definición de que sin primarias no continuará en carrera o va a llegar a la papeleta de noviembre?

Yo soy sincero. Tengo mis años y no tengo tiempo para fundar algo nuevo. Estoy haciendo una apuesta difícil: hay que crear una nueva forma de gobernar y que ésta sea junto a la ciudadanía. La democracia es así, y no sé por qué eso se considera populismo. Además, los ciudadanos proponen cosas razonables, son lo más pragmáticos que hay. Lo que quieren es el fin del abuso de los poderosos, que se definan bien las reglas del juego y que se supere la desigualdad. Además, se piden ciertos estándares mínimos en salud, previsión y educación.

¿Pero seguirá en carrera con o sin primarias?

Con primarias, con participación y con gobernabilidad, porque sin gobernabilidad esta cuestión va a terminar como Fernando de la Rúa, porque una cosa es ganar la elección, y otra gobernar al país. Otros están mirando a más largo plazo. Tienen tiempo, pueden desafiar el sistema, pueden prometer lo que quieran, porque su apuesta no es ganar ahora. Entonces, cuando no vas a ganar, puedes lanzar propuestas, lanzar el tejo.

¿Se refiere al Frente Amplio?

Por ejemplo. Está bien que lo hagan. Es un diseño inteligente a largo plazo, pero el aquí y el ahora, que es donde estoy yo, necesito validarme en primarias para tener legitimidad como candidato; segundo, ganarle a la derecha que tiene un candidato reaccionario, porque este Piñera no es el de la elección anterior, retrocedió 40 años.

En ese escenario necesitamos entusiasmar. Hay una inmensa cantidad de chilenos que no está votando, que se fue aburrida, porque es gente decente. Hay que recuperar a esa gente y hacer un gobierno con renovación de cuadros, con renovación de ideas y con mirada de largo plazo.

Crédito: P. Campos y D. Porras – Diario UChile