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Comenzó en 1912 y terminó en 1967, el Maratón que corrió el japonés Shizo Kanakuri será recordada como la carrera más extensa y una de las historias más curiosas y emotivas en el deporte.

A finales del siglo XIX y principios del XX, en un Japón que se modernizaba a gran velocidad y comenzaba a adoptar algunas costumbres occidentales, empezó a crecer el interés por el deporte. Hasta entonces no había existido una verdadera práctica deportiva en el país, si exceptuamos a las artes marciales. No obstante, la recuperación de los Juegos Olímpicos y el empeño del Comité Olímpico Internacional hizo que el interés por el deporte comenzara a extenderse por el país, especialmente a nivel de las instituciones educativas (institutos y universidades).

Después de los Juegos Olímpicos de Londres de 1908, el barón Pierre de Coubertin, presidente del COI, nombró al respetado doctor Jigoro Kano (creador del judo) miembro del COI y éste comenzó una activa labor para extender el atletismo por Japón y poder enviar una delegación a los Juegos Olímpicos de 1912, que se iban a celebrar en Estocolmo (Suecia). Las pruebas de clasificación tuvieron lugar a finales de 1911, pero el escaso apoyo por parte del gobierno japonés hizo que finalmente sólo dos atletas nipones, ambos estudiantes universitarios, participaran en las Olimpiadas: el velocista Yahiko Mishima, de la Universidad Imperial de Tokio, y el maratonista Shizo Kanakuri, de la Tokio Higher Normal School (la actual Universidad de Tsukuba).

Kanakuri (o Kanaguri) era un joven nacido el 20 de agosto de 1891 en la prefectura de Kumamoto, en la sureña isla de Kyushu. Fue uno de los primeros japoneses en interesarse por la prueba del maratón, y enseguida comenzó a entrenarse con gran dedicación. En la prueba clasificatoria para los Juegos Olímpicos, celebrada el 19 de noviembre de 1911, Kanakuri acreditó un sorprendente tiempo de 2:32’45 (el récord mundial oficial, en posesión del sueco Thure Johansson, era de 2:40’34), aunque seguramente la carrera se disputó sobre la distancia antigua de la prueba (40 kilómetros) y no sobre los 42’195 kilómetros establecidos como distancia oficial después de los Juegos de Londres.

Shizo Kanakuri (1891-1983)

Finalmente, la expedición japonesa a Estocolmo estuvo formada por Mishima (que no conseguiría llegar a las finales en las pruebas de 100, 200 y 400 metros) y Kanakuri como atletas, Hyozo Omori como entrenador y Jigoro Kano como presidente de la delegación. Partieron a finales de mayo de 1912, en un viaje largo y pesado de 18 días en el famoso Transiberiano, cruzando Asia de este a oeste. Kanakuri aprovechaba las paradas para entrenarse corriendo alrededor de las estaciones en las que el tren se detenía. Después del agotador viaje, Kanakuri necesitó varios días para recuperarse, aunque se pasó buena parte de su tiempo cuidando de Omori, que había enfermado al poco de llegar. El cansancio del viaje, la falta de entrenamiento y ciertos problemas estomacales debido a su falta de adaptación a la comida sueca hicieron que Shizo no llegara al maratón en plenitud de facultades.

El maratón de los Juegos de 1912 se celebró el 14 de julio, un día anormalmente caluroso con temperaturas de hasta 25 grados celsius. Kanakuri sorprendió a sus rivales (la mayoría provistos de sombreros o incluso con toallas alrededor de sus cabezas) corriendo con la cabeza descubierta y calzado con jika-tabi, unas botas ligeras tradicionalmente usadas por los trabajadores japoneses. Sus problemas físicos, el calor y su costumbre de no beber nada durante la carrera acabaron por provocar que Shizo Kanakuri se desmayara en torno al kilómetro 27 de la carrera. No fue el único que tuvo problemas físicos; sólo la mitad de los 68 participantes terminó la prueba (el ganador fue el sudafricano Kennedy McArthur, con un tiempo de 2:36’54), varios sufrieron problemas de hipertermia y uno de ellos, el portugués Francisco Lázaro, fallecería al día siguiente en un hospital, víctima de un golpe de calor (fue el primer atleta muerto durante unos Juegos).

La pequeña delegación de Japón que participó de los Juegos Olímpicos de Estocolmo en 1912.

En cuanto a Kanakuri, fue auxiliado por una familia que vivía cerca. Una vez recuperado, profundamente avergonzado por lo que juzgaba una inaceptable debilidad, el corredor japonés, en lugar de terminar la carrera, volvió a su alojamiento, recogió sus cosas sin hablar con nadie y abandonó Suecia de vuelta a Japón, dispuesto a asumir las consecuencias de su humillante fracaso. Aunque en realidad no fue vilipendiado como esperaba, sino que las críticas de la prensa más bien se dirigieron contra el gobierno japonés por no poner más empeño y haber permitido que se enviaran como representantes del país a atletas que no estaban preparados para una competición de esa magnitud.

Kanakuri redobló sus esfuerzos: siguió entrenándose duramente, con vistas a participar en posteriores Juegos Olímpicos. No pudo ser en las de 1916 (frustradas por la I Guerra Mundial) pero si participó en las de Amberes 1920 (terminando en una muy digna 16ª posición) y las de París 1924 (se retiró a mitad de carrera). Además, siguió trabajando por la promoción del maratón en Japón y fue uno de los impulsores del Hakone Ekiden, una de las carreras de largas distancias más célebres del país, en la que equipos de diferentes universidades recorren por relevos 218 kilómetros en diez etapas a lo largo de dos días (tradicionalmente, el 2 y el 3 de enero). Cuando finalmente se retiró, Kanakuri ya era conocido como “el padre del maratón” en Japón.

Sin embargo, Kanakuri no tenía ni idea de las consecuencias que había provocado su precipitada marcha de Suecia. Y es que los supervisores de la carrera, al ver que no había cruzado la meta y ser incapaces de dar con su paradero, notificaron su desaparición a las autoridades, quienes a su vez, al no encontrar a Kanakuri, lo declararon como “desaparecido”. Y así permaneció más de cinco décadas.

Hasta que en 1962, con motivo de la celebración del 50 aniversario de los Juegos de Estocolmo, un periodista sueco dio por casualidad con la historia de la misteriosa desaparición del maratoniano japonés. Le bastó investigar un poco por su cuenta para descubrir que el “desaparecido” corredor había participado también en los Juegos Olímpicos de 1920 y 1924. Así que, queriendo desentrañar aquel enigma, el periodista siguió con sus averiguaciones hasta dar con Kanakuri quien, ya retirado de su trabajo como profesor de geografía, vivía plácidamente con su familia en su ciudad natal de Tamana, disfrutando de su jubilación. El antiguo corredor y el periodista tuvieron una larga y cordial charla telefónica en la que Shizo Kanakuri no tuvo problema alguno en contar su historia, cómo había perdido el conocimiento y cómo se había ido discretamente de Suecia, mostrándose muy sorprendido al saber que durante todos aquellos años había estado oficialmente desaparecido, algo de lo que no tenía ni la más mínima sospecha.

A principios de 1967, la televisión sueca y el Comité Olímpico de Suecia invitaron a Kanakuri a volver a Estocolmo para terminar la carrera que había dejado inconclusa. Con 75 años un ilusionado Kanakuri, que recordaba perfectamente el trazado de la carrera y el punto en el que se había desmayado, cruzó la meta instalada en el Estadio Olímpico de Estocolmo, ante la presencia de periodistas, miembros del COI y algunos curiosos que aplaudieron con entusiasmo cuando el anciano cruzó la meta. Su tiempo de carrera quedó así establecido en 54 años, 8 meses, 6 días, 5 horas, 32 minutos y 20’3 segundos. El propio Kanakuri se lo tomó con gran sentido del humor: “Ha sido una carrera larga. Por el camino, me casé, tuve seis hijos y diez nietos“.

Otra imagen de la llegada de Kanakuri a la meta en Estocolmo después de 54 años.

Hace unas semanas, con motivo de la conmemoración de los 50 años de la hazaña del viejo Kanakuri, las autoridades suecas volvieron a organizar una prueba simbólica, aunque en esta ocasión, el competidor fue uno de los nietos del maratonista. Para dar un componente más simbólico a la celebración, se estableció en el mismo kilómetro en el cual fue auxiliado Shizo Kanakuri, su nieto también recibiese ayuda, ahora de la nieta de aquella persona que auxilio con un vaso de jugo a aquél fatigado competidor de el Maratón olímpico de 1912.

Crédito: Claudio Medrano – Diario UChile