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Emmanuel Macron y Marine Le Pen competirán en una segunda vuelta entre el centrismo neoliberal y la extrema derecha. Los electores, de paso, borraron al Partido Socialista como una opción para la Francia de hoy, en una mezcla de asuntos coyunturales con la crisis de ese sector en el mundo.

La desintegración del socialismo francés al obtener el peor resultado presidencial desde 1969 es el dato más importante de la primera vuelta en ese país. Aunque a un sector del partido siempre le produjo aversión ser metido en el saco socialdemócrata, el de la Internacional Socialista, en nombre de un supuesto izquierdismo a secas, es evidente que comparte domicilio con otras tiendas que antes han corrido suerte parecida y que instalan la pregunta sobre su actual necesidad histórica: reducidas al mínimo en Grecia, impugnadas en España, como acompañantes menores de gobiernos de derecha en Argentina y Brasil, sin claridad sobre su futuro en Chile, en fin. La derrota socialdemócrata es un dato de la política mundial y es especialmente importante en un país como Francia, cuyo rol histórico en Europa ha sido oficiar como contrapeso de Alemania. Y, en este contexto con Angela Merkel, ideológicamente también. El gobierno de Hollande ha fracasado estrepitosamente en ésa, una de sus promesas de campaña para la Francia post-Sarkozy.

El candidato de su tienda, Benoît Hamon, ha sido tirado por caballos socialistas en sentido contrario, hasta desmembrarse. Los barones del partido aglutinados en el Gobierno de Hollande, quien hizo campaña con la mano izquierda y luego gobernó con la derecha, apoyaron al neoliberal con pasado socialista Emmanuel Macron sin disimulo. Y, hacia la izquierda, el espacio fue ocupado por la irrupción de Jean-Luc Mélenchon, quien tuvo más credibilidad para comprometer el cambio que alguien del partido gobernante como Hamon, por muy díscolo que fuera.

Según los datos a la hora de la escritura de este artículo, con tendencias irreversibles, Emmanuel Macron obtiene el 23,72% de los votos y Marine Le Pen el 21,90%. Esas proyecciones colocan tercero a François Fillon (19,92%) y cuarto a Jean-Luc Mélenchon (19,2%), mientras que el socialista Benoît Hamon queda en un muy lejano quinto lugar con el 6,2%. Así, y como desde hace tres lustros, la extrema derecha está logrando pasar a segunda vuelta, pero es primera vez que estará acompañada por un candidato independiente, es decir, que habrá una segunda vuelta sin los partidos tradicionales franceses.

Macron, decíamos, es un neoliberal de centro, con el cuerpo mínimamente cargado a la izquierda (Andrés Velasco lo ha reivindicado en su cuenta de Twitter), cuya doctrina y políticas son, vistas desde la izquierda, como responsables principales del auge de la extrema derecha en el país. La tesis es que ese sector se alimenta del miedo y que las políticas neoliberales de centroizquierda no solo desmantelan el Estado de Bienestar y ponen incertidumbre al futuro de las personas, sino que además reemplazan el viejo lugar del socialismo sin hacer contrapeso ideológico real al imperio de la derecha, en tiempos de la globalización financiera. En esas circunstancias, especialmente los más pobres y las zonas históricamente socialistas han apoyado a Marine Le Pen, quien, aunque produzca indigestión, es hoy literalmente la candidata de los sectores populares.

Sin embargo, enfrentados en concreto a la Segunda Vuelta, Macron se erigió rápidamente como la alternativa razonable, la de la Francia republicana europeísta, frente al Fascismo. Por ello, a minutos de conocidos los resultados, los candidatos Fillon y Hamon se cuadraron con él, tal como lo hizo el socialista Lionel Jospin hace exactamente 15 años, cuando marchó codo a codo por las calles de Paris con Jacques Chirac, apoyándolo en la segunda vuelta donde compitió con Jean Marie Le Pen, el padre de la actual candidata. Esta reacción del domingo en la noche daría lugar a un resultado categórico: los primeros sondeos le auguran un 62% de intención de voto a Macron frente a un 37% de Le Pen.

Como sea, hay que insistir en que las razones de un sector de Francia para apoyar a la extrema derecha se han mantenido consistentes durante este tiempo. Hace 15 años y un día, para la segunda vuelta de 2002, el diario El País de España afirmaba que “el respaldo a Le Pen tiene una inequívoca interpretación: es un voto contra Europa y contra la inmigración, favorecido por la obsesión de la inseguridad ciudadana que, como había dejado claro la campaña electoral, han sido los mejores avales de un líder extremista que cumple por primera vez el sueño de pasar a la segunda vuelta de las presidenciales, tras haberlo intentado antes cuatro veces”.

Macron será la alternativa electoral inmediata, pero urge una respuesta política e ideológica consistente al auge de la extrema derecha. Desde la izquierda, y quizás germinalmente, es destacable el extraordinario desempeño de Melenchon, quien logró atraer a parte importante del electorado socialista y a los jóvenes, con dos cambios respecto a su candidatura anterior, donde obtuvo el 11%: en lo político, amplió el abanico desde la izquierda tradicional y buscó representar a todos los movimientos emergentes que disienten de las políticas oficiales; y, en lo comunicacional, basándose en la notable campaña en redes del estadounidense Bernie Sanders, su equipo logró crear cuentas de Twitter, Facebook y un canal en Youtube con una audiencia comparable a los canales de la televisión abierta. De este modo, Melenchon pudo saltar el bloqueo y presentarse como un candidato en sintonía con los últimos usos de la tecnología en la comunicación política ¿Dónde irán a parar esas fuerzas? En el corto plazo, se anunció una consulta a las bases para decidir si se sumarán al voto anti-Le Pen en segunda vuelta. En lo posterior, se abre una posibilidad similar a la española, de que un movimiento desde la izquierda supere el anquilosamiento del socialismo.

Eso será después, en todo caso, del triunfo que los expertos ya le auguran a Macron, quien deberá hacerse cargo de un país en crisis de cohesión, con estados de excepción y el reciente el cierre de las fronteras por los actos terroristas, que no se producía desde la Segunda Guerra Mundial. El candidato ya se ha comprometido con la actual institucionalidad de Europa y con un nacionalismo no xenófobo, lo cual no se sabe muy bien aún cómo se aterrizará. Adicionalmente, su origen banquero no ayuda a despejar, quizás, la principal duda que tiene Europa hoy: cómo reivindicar ante la ciudadanía la vigencia política de la Unión, cuando un sector importante de los votantes ve a la institucionalidad supranacional como funcional al capital, más que al servicio del bienestar de las personas.

Crédito: Patricio López  – Diario UChile