El militante disciplinado es hoy una rara ave en la política y, aunque muchos continúen en la inercia de militar en los partidos, de verdad es que la amplia mayoría hará lo que le plazca en tal sentido. Incluso los comunistas y los UDI que gozan en esta materia de ser los partidos más orgánicos y con adherentes más fieles.

Sería bueno en esta hora electoral que nos acordáramos lo que les costó a todos o a la mayoría de los partidos obtener la firma de adherentes para consolidarse en colectividades legalmente constituidas. Sabemos, además, que en este afán se cometieron un sinnúmero de irregulares: se inventaron nombres, se suplantaron firmas y se engañó a muchos ciudadanos que le habrían puesto su rúbrica a campañas de servicio público que después de utilizarían para engrosar las listas de militantes.

Con ocasión a las mínimas primarias legales que se realizaron meses atrás, muchas personas pudieron comprobar personalmente la imposibilidad de sufragar a causa de que aparecían como militantes de partidos que nunca fueron de sus preferencias. Entendemos que el Servicio Electoral todavía recibe denuncias al respecto que perfectamente podrían inhabilitar la inscripción de partidos y candidatos… Lo que, por supuesto, nunca se va a producir, en la impunidad que favorece los despropósitos políticos.

Ante la inminencia de una elección presidencial en que ningún candidato podría imponerse con la mayoría absoluta de los votos, esto con más del 50 por ciento de los ciudadanos votantes, lo que los analistas y políticos prevén es que vamos a tener una segunda ronda presidencial, para la cual existen, ya,  muchos interesados en concitar un acuerdo entre todas las fuerzas de la Nueva Mayoría y de la izquierda. En el entendido, que todos suponen, sería Sebastián Piñera el que se impondría en la primera elección.

Sabido es, sin embargo, que en el análisis de nuestras conductas electorales siempre ha sido muy frecuente observar la práctica del voto cruzado. Que muchos votantes, por ejemplo, respalden a un determinado candidato presidencial y para el Parlamento apoyen a otros de muy distinto signo. En este sentido, debemos asumir que tenemos un electorado caprichoso y con escasas convicciones políticas: gente que vota corrientemente a ganador, por el más guapo o por el candidato o candidata que le parece más confiable, más allá de las ideas que tenga. Consideraciones culturales, de género, de carácter regionalista suelen ser muy determinantes, también, en esta conducta electoral.

Pero lo que nos parece más absurdo es la pretensión de los partidos y caudillos políticos en cuanto a que su apoyo puede ser transferido, después,  a otro candidato en caso de una segunda vuelta presidencial. Es evidente que los militantes de hoy no han firmado un cheque en blanco con sus partidos, así como es evidente que al interior de las colectividades es habitual hoy observar agudas e irreconciliables posiciones.

Ello mismo nos hace pensar que los votos de Alejandro Guillier y Carolina Goic no son endosables entre sí. No hay duda que existen demócrata cristianos que por ningún motivo van a votar por Guillier en una segunda vuelta cuando ya hay quienes reconocen que en ese caso preferirían hacerlo por el mismo Piñera. De esta forma, además, es que comunistas, socialistas, radicales y pepedés no le van a perdonar fácilmente a los falangistas que hayan decidido competir por separado,  por lo que no sería raro que en una segunda vuelta simplemente aumenten los índices de abstención. Todo lo cual le restará legitimidad a quien resulte proclamado.



De la misma forma es que hay partidarios de José Antonio Kast que no van a votar ni en una segunda vuelta por Piñera, obnubilados por odios y rencores que en la política suelen ser muy fuertes. Se sabe que a los grandes empresarios, por ejemplo, no les disgustan los gobiernos de la Concertación o de la Nueva Mayoría, por lo que su posición e influencia podría ser muy determinante en los resultados electorales de su sector: la derecha.

Y para qué decir lo que pasa en el amplio abanico de los partidos, movimientos y de un cuantohay de referentes de la izquierda que, además de competir con tres o cuatro candidatos presidenciales alternativos,  es bien difícil que renuncien a lo que mejor saben hacer: la división y el caudillismo.

El militante disciplinado es hoy una rara ave en la política y, aunque muchos continúen en la inercia de militar en los partidos, de verdad es que la amplia mayoría hará lo que le plazca en tal sentido. Incluso los comunistas y los UDI que gozan en esta materia de ser los partidos más orgánicos y con adherentes más fieles. Aunque hayan perdido a muchos militantes, en realidad,  comparado a los que tuvieron alguna vez.

Quizás en una segunda vuelta lo que más podría influir en el trasvasije de votos de un candidato a otro sea la posibilidad de muchos militantes de votar por lo que más les convenga, por quien les garantice continuar  o incorporarse a la administración pública. Especialmente en esa marea de asesores y operadores políticos instados en los ministerios, intendencias, gobernaciones y empresas del Estado, cuya motivación principal en militar radica en la posibilidad de asegurarse un trabajo que suele ser mucho mejor remunerado que el esfuerzo cotidiano de los millones de trabajadores sin partido y, por lo demás, muy decepcionados de las malas prácticas del llamado “servicio público”.

Si tenemos segunda vuelta presidencial, ésta mantendrá muchas de las incertidumbres que hoy tiene esta brega. Pudiendo ser que los dos candidatos que pasen a la final puedan ser obligados a encarar compromisos claros con el país y el electorado. Lo que resultaría, de verdad,  muy saludable, porque hasta aquí los programas de gobierno se han expresado muy superficialmente.

Crédito: Juan Pablo Cárdenas S. – Diario UChile